Home La Montclaria Civiles en números rojos ante la adquisición de Groenlandia por parte del presidente

Civiles en números rojos ante la adquisición de Groenlandia por parte del presidente

by Carlos Padilla

El filósofo francés Alexis de Tocqueville una vez: «En una democracia, el pueblo tiene el gobierno que se merece». Pues bien, creo que el pueblo merece un gobierno que no solo actúe como una democracia, sino que lo sea.

Las ambiciones autocráticas del presidente Trump se parecen más a un gobierno en contra del pueblo, por encima del pueblo y sin el pueblo. ¿O acaso hubo siquiera una sola persona involucrada en la trascendental idea de adquirir una isla situada a 1.800 millas de distancia, aparte de Trump?

Su descaro respecto a hacerse con Groenlandia está causando estragos en las relaciones internacionales y en la imagen de los Estados Unidos como una democracia exitosa. La comunidad universitaria —y, de hecho, todo el mundo— debería estar preocupada por múltiples razones. Me temo que esta retórica agresiva me provoca más escalofríos que la ola de frío de mitad de semestre que hemos estado padeciendo.

A pesar de la inminente primavera y de sus cálidos sentimientos, la maniobra de Groenlandia corre el riesgo de congelar bajo el permafrost la buena voluntad global para con los Estados Unidos. Y, lamentablemente, contrarrestar esto no será tan sencillo como realizar una llamada de emergencia por el «Batiteléfono» a la Mansión Wayne.

La razón principal por la que Trump debería pensar dos veces antes de tomar Groenlandia es que dicho plan huele mucho al Tercer Reich. Incluso un estudiante de cuarto grado de primaria podría entenderlo en cinco segundos.

Mi sexto sentido me dice, con total certeza, que apoderarse de la isla —o siquiera sugerirlo— pone a los Estados Unidos en una situación comprometida. Por eso me veo obligado a ir con todo al condenar esta farsa. Fuerte y claro.

Un cambio de rumbo de última hora en la postura de Trump sobre Groenlandia se justifica por una docena de razones; tomar la isla por la fuerza constituye una violación del derecho internacional, que prohíbe adquirir territorio sin el consentimiento de sus habitantes. De acuerdo a una encuesta hecha por el Verian Group el pasado 29 de enero, alrededor del ochenta y cinco por ciento de los groenlandeses desaprueban que su territorio pase a ser parte de los Estados Unidos.

El Acuerdo para la Defensa de Groenlandia de 1951 reconoce la soberanía danesa de la isla. Apropiarse de Groenlandia pone en peligro el marco legal que empleamos para preservar nuestras alianzas globales. La pretensión de la administración de apropiarse del territorio socava la cláusula de defensa mutua del Artículo 5 de la OTAN: «no se actuará frente a los socios del tratado como si fueran adversarios». Hacerlo constituiría un pecado capital, con repercusiones infernales que ningún acto de contrición podría enmendar.

Y eso es solo la punta del iceberg que convierte la política sobre Groenlandia en un error titánico.

Una relación tensa entre Estados Unidos y la OTAN podría envalentonar la intervención de Rusia y China en la región ártica. El Pentágono mantiene actualmente una presencia militar en Groenlandia en virtud del Acuerdo de Defensa de Groenlandia. Dicho acuerdo otorga automáticamente a Washington la autoridad para enviar tropas adicionales, pero solo si se presenta una amenaza militar externa inminente.

En una maniobra que abusaría de esta condición, el presidente Trump alegaría que debe hacerse con Groenlandia para protegerla. Esta idea, por estar lo más alejada posible de la racionalidad, se mantiene en una cuerda muy floja.
¿Cuál es el resultado de todo esto? Que Groenlandia se convirtiera en una posesión estadounidense generaría responsabilidades monumentales. Algunas de estas responsabilidades recaerán, sin duda, sobre nosotros: los ciudadanos. Más que responsabilidades serían cargas. Y ninguna de ellas la hemos pedido.

Estados Unidos tendrá que reemplazar la suma de nueve cifras que Dinamarca le entrega a la isla anualmente porque esta carece de una base impositiva propia. Recordemos que alguien debe costear la educación, la atención médica, los servicios esenciales y los gastos administrativos, además de la defensa. Establecer y mantener Groenlandia se convertiría en un fiordo devorador de fondos que Estados Unidos no puede permitirse, dada su deuda nacional de 38,5 billones de dólares.

Económicamente hablando, Groenlandia no es exactamente un lugar prometedor para rockear, salvo por sus glaciares en proceso de desprenderse. Acceder a sus ricos minerales requiere millardos de dólares en inversiones en infraestructura para puertos, equipos de minería y alojamiento para la mano de obra importada.

La isla sólo tiene cincuenta y seis mil habitantes, una industria muy pequeña y un suelo permanentemente congelado que dificulta cualquier tipo de construcción. Por consiguiente, el plan de lucrarse con los yacimientos minerales de la isla no será un éxito rotundo a corto plazo.

Al final del día, la sensación de derecho sobre Groenlandia que tiene la administración Trump es indignante e irrespetuosa. Los estudiantes universitarios, incluidos los de Montclair State University, necesitan estar en alerta roja. Hablemos en contra de esto ya sea virtualmente con nuestros representantes o en las filas de la cafetería del Centro de Estudiantes.

Creo que la fría y persistente persecución de Groenlandia por parte de Trump pone a Estados Unidos en una situación comprometedora. Esto provocará, sin duda, un estallido con Europa, la OTAN y Rusia, llevando a múltiples naciones al borde del abismo, incluyendo a la nuestra.

Los Estados Unidos no necesitan que su imagen ante el mundo se siga deteriorando. Las naciones extranjeras ya nos tienen en menor estima debido a las ínfulas imperiales del presidente. Tal comportamiento no hace más que seguir convirtiendo a la administración Trump en la «Rump administration», o en español «la administración residual». Un consejo para los sensatos, ahora que se avecinan las elecciones de medio término.

Estas decisiones no son una menudencia. El uso de aranceles como medida de coacción en asuntos ajenos al comercio resulta letal para la diplomacia. En un abrir y cerrar de ojos, puede generar inflación, especialmente si se desata una guerra arancelaria entre varias naciones. Nadie ni nada es inmune ante la inflación; las matrículas universitarias no constituyen una excepción.

Además de afectar nuestra riqueza, es posible que se produzcan interrupciones en el ámbito de la salud y la investigación. Los científicos estadounidenses, que luchan por obtener recursos en su propio país, combaten ahora en frentes extranjeros.

¿Sabían ustedes que más de 200 científicos firmaron una carta abierta condenando los intentos de Trump de apropiarse de Groenlandia? La continuidad de la investigación depende de la buena voluntad de los groenlandeses, y la cruzada de «conquistar o fracasar» no hace más que congelar esa relación como una placa de hielo ártico. Resulta difícil recopilar datos sobre el cambio climático en un clima hostil (y no me refiero únicamente a las condiciones meteorológicas).

Es imperativo que los estudiantes —y todos los estadounidenses— se opongan a la postura tiránica de Trump respecto a Groenlandia. Este embrollo ha revelado el verdadero significado del eslogan MAGA: «Make America Grate Again» (Hacer a Estados Unidos basto de nuevo). Evidentemente, esto alude a políticas cuyo único logro ha sido perturbar la tranquilidad de todos.

Así pues, demos un paso al frente y hagamos verdaderamente grande a Estados Unidos de nuevo. Debemos abandonar este proyecto, que solo tendrá como resultado el descalabro de nuestras finanzas, de nuestra posición en el escenario mundial y de la isla de Kalaallit Nunaat.

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