Articulo de: Amina Odinaeva
Traducido al español por Carlos Padilla
—Perdón —dice Madeline mientras se sienta—. Olvidé dónde puse las llaves de la casa, me tomó una eternidad encontrarlas.
Clive asiente. Es su primera cita, la que a él no le gustaría tener, así que no le molesta la espera. Acepta la excusa, admitiendo una vez más que no es como otras personas.
Él nunca olvida.
Se pone brevemente en los zapatos de Madeline, imaginando qué se siente extraviar algo dentro de su propia casa. A veces, Clive se divierte con este pequeño juego: esconde su tarjeta de crédito en un libro aleatorio, sus llaves en el cajón de la cocina y su encendedor en el lavadero.
Pero cada mañana, mecánicamente, él sabe exactamente dónde encontrarlas: se acuerda de la página exacta en que había guardado la tarjeta, sabe qué llevaba puesto en ese momento y la hora en su reloj cuando pensó en un escondite que de seguro se le escaparía.
Ni siquiera a mitad de la cita, Clive confiesa su rareza, su condición, queriendo dejar atrás las preguntas y las miradas extrañas.
—Tienes suerte —le dice Madeline—. Desearía tener una memoria como esa. Es una bendición.
—Bendición —Clive sonríe—. Más bien una maldición.
Ella cambia de tema inmediatamente después de eso y él lo agradece. Madeline le hace preguntas acerca de su vida y su trabajo, pero él puede sentir un cambio en ella, aunque no como el que él usualmente genera. Ella tiene curiosidad, lo estudia. Clive se emociona ante su atención.
Solamente después de que ella se voltea, para examinar el restaurante, Clive se permite un momento de observación sin reservas y, de inmediato, de apreciación. Él no quiere recordar la curva de su cuello, sus largas pestañas, su cabello castaño recogido en un moño, el sonido de su voz (más tímida de lo que esperaba), ni su perfume de jazmín. Pero ya sabe que esas cosas quedarán guardadas en su memoria, como grabados en el tronco de un roble joven, cada vez más visibles con el paso del tiempo.
Al final de la primera hora, ella le gusta. Al final de la segunda, después de que ella sugiere cambiar el restaurante caro por una heladería, el sentimiento se intensifica. Sin embargo, no puede pedirle una segunda cita: Clive recuerda, con un escalofrío, lo deprimentes que fueron sus semanas después de su última ruptura.
Como si hubiera pasado hace segundos, él recuerda exactamente lo que sintió y se promete que nunca cometerá el mismo error. Él no puede salir con alguien que realmente le guste, alguien cuya ausencia le parta el corazón, alguien cuyos hábitos, sonrisas y bromas lo persigan por el resto de su vida.
Así que, cuando acompaña a Madeline a la parada del autobús, no dice nada, sabiendo que este es el momento en que se separan.
—Tuve un buen rato —ella sonríe.
Allí, bajo la farola, Clive observa la luz deslumbrante reflejada en sus ojos. Le llevará un tiempo superarla. Dicen que el tiempo cura. Bueno, el tiempo no es tan benévolo con Clive. Solo hace que cada momento, cada recuerdo, cada palabra sean más claros.
—Aquí —dice ella apuradamente, como si se acabara de acordar—. Escribe tu nombre.
Ella saca un lapicero de su cartera y se arremanga la chaqueta. Clive la mira desconcertado.
¿Es posible que a ella se le haya olvidado su nombre?
Aun así, la sujeta por la muñeca, escribiendo cuidadosamente su nombre sobre su piel. Y antes de que pueda devolverle el bolígrafo, Madeline corre hacia su autobús.
Ahora Clive tiene que olvidarla. No sabe cómo, pero lo va a intentar.
Durante días, no pasa nada. Clive trata de no pensar en la cita como si eso hiciera que el recuerdo se desvaneciera. Así les funciona a los otros, piensa. Millones de momentos ordinarios pasan ante ellos y lo único que tienen que hacer es seleccionar los importantes, los que les gustaría revivir.
Clive no los distingue. Puede entrar a su mente y recordar cualquiera de ellos. Nada destaca.
Así es por lo menos hasta que Clive la ve en el supermercado. Madeline está parada en el pasillo de las verduras, leyendo la etiqueta de los tomates envasados y Clive siente cómo todo el aire se le escapa de los pulmones.
Incierto al principio, él decide saludar por lo menos.
Pero cuando él la nombra y sus ojos se encuentran, no hay ningún atisbo de reconocimiento en los de ella.
—Perdón —ella dice, mientras pone los tomates en su carro—. ¿De dónde te conozco?
Él se detiene. La pregunta suena tan ingenua e insegura que Clive se siente más confundido que insultado. Piensa en que solo han pasado tres días. No sabe mucho acerca del olvido, pero ciertamente no es suficiente tiempo para borrar cualquier recuerdo acerca de él de su mente.
—¿Hablas en serio? —pregunta, pero su rostro se mantiene inmóvil. Madeline se encoge y adopta una postura cautelosa e incómoda.
—Soy Clive —él se presenta de nuevo—. ¿De verdad no te acuerdas de mí?
«Clive», repite ella con los ojos muy abiertos. De repente, hay alivio, aprensión y, curiosamente, rastros de alegría en su cara, como un niño abriendo lentamente su regalo de Navidad y vislumbrando lo que hay dentro.
Su camisa le cubre los brazos, pero al levantarse la manga, ahí está su nombre, todavía escrito a mano, pero reescrito con un rotulador descolorido. Debajo, en letras pequeñas, dice: «Por favor, recuérdalo».
Él la mira, y la comprensión surge como una poderosa marea. Quiere reírse de la asimetría de su situación. Dos caras de la misma moneda. Dos líneas paralelas que nunca deberían cruzarse, pero que de alguna manera encuentran un camino.
Clive sospecha vagamente que esto podría no funcionar nunca. Ella lo olvidará cada día, y seguirá olvidándolo, sin importar lo que él haga para recordárselo.
Pero ¿no hay algo excepcional en eso? Un millón de momentos especiales, cada uno una nueva introducción, nunca iguales.
Él piensa que es realmente una bendición haber memorizado ya cada línea de su rostro, poder mantenerla en su cabeza con tanta precisión.
—Así que tú eres Clive —dice Madeline, sonriendo ahora—. Por fin te encontré. Encantada de conocerte.
Una bendición, no una maldición.
