Hace mucho tiempo, en épocas que ahora parecen más cercanas a la prehistoria que al mundo contemporáneo, para preservar conceptos de sabiduría indeleble la sociedad recurría a un recurso del cual yo —terco como una mula— me he negado a desprenderme: los adagios. Un adagio es una frase que hace las veces de un apotegma popular.
Se supone que deben ser lo más cortos posible, pero en realidad su extensión varía mucho. Hay cortos como «Lo bueno, si breve, dos veces bueno», y hay otros más largos como uno de mis favoritos: «El amor y el interés se fueron al campo un día y más pudo el interés que el amor que le tenía».
Otra de las cosas que aún nos acompaña en la actualidad es la definición de lo que es una universidad. A pesar de haber nacido hace siglos, hoy se intenta prescindir de ella. Esta nos acompaña desde la Edad Media. En las primeras universidades se educaba de una forma muy diferente a la que estamos acostumbrados en el siglo XXI no solamente porque no existían muchas carreras que existen hoy en día, sino porque el eje de la educación eran las humanidades. Los currículos estaban compuestos por el llamado trivium —gramática, lógica y retórica— y el quadrivium —aritmética, geometría, música y astronomía— que respondían al espíritu de gremio en búsqueda de la verdad con que nació este tipo de instituciones.
Mas dice otro adagio que todo tiene su final y nada dura para siempre. Y ahora estamos viéndolo aplicado ante nuestros ojos. Son muchas las cosas que están cambiando en la actualidad y las universidades no se han quedado fuera de la ola de cambios que estamos viendo.
En el caso específico de Montclair State University, no creo que haya necesidad de recordarle al público lector los planes de reorganización de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de los que hablaron hasta el The New York Times y el The Washington Post a finales del año pasado. En aquella ocasión, parecía que todo el mundo se rasgaba las vestiduras de impotencia ante la posibilidad de que los departamentos que forman parte de la Facultad se disolvieran, la calidad de la enseñanza se viera mermada y las humanidades perdieran peso en nuestra comunidad académica.
Ahora, un par de meses después de ese asalto inicial, y luego de un interregno que nos hizo pensar que la iniciativa no iba a seguir su curso original, nos enteramos de que la reestructuración seguirá adelante y, a partir del semestre de otoño de este año, será una realidad.
La cantidad de versiones que ha circulado con respecto a este tema es tan grande que a la hora de buscar las opiniones de los estudiantes sobre el tema hubo muchos que tuvieron que confesar que no sabían nada al respecto, en especial aquellos matriculados en carreras del Departamento de Español. «No sé qué pensar», «No sabía que eso se iba a hacer» o «Pensé que la administración había decidido no hacerlo» fueron las opiniones mayoritarias que encontré.
Sin embargo, parece aunque quisiéramos, de todo corazón, pensar lo contrario, tal parece que este desconocimiento de parte de la comunidad estudiantil no es algo accidental. Después de todo, ¿quién, en una posición de poder dentro de nuestra universidad, querría que el estudiantado de español se enterara de que obligan a unir a su Departamento con los de Lenguas del Mundo y Religión? Además, ¿qué tiene que ver Religión con los idiomas?
Por lo menos yo no.
¿Y por qué no?
Porque no es inspirador escuchar opiniones como la de Paula Milian, estudiante de tercer año de literatura inglesa, que dice: «Me parece una falta de respeto que Montclair State University oculte intencionadamente a sus estudiantes el hecho de que pretende fusionar los departamentos de humanidades.
Me sorprendió enterarme de que la institución tiene la intención de seguir adelante con este plan a partir del próximo semestre, pues yo creía —quizás con cierta ingenuidad— que la universidad había decidido descartarlo tras toda la oposición recibida. Resulta irrespetuoso e injusto no ofrecer una total transparencia a los estudiantes que pagan a la institución para recibir una educación de calidad en sus respectivas carreras. Estudiar la carrera de español no consiste únicamente en aprender a hablar el idioma correctamente; se trata de explorar la literatura, la cultura y las diversas perspectivas inherentes a la lengua española.
Agrupar el español junto con otras «lenguas del mundo» presupone que este comparte las mismas características e identidad que el francés o el italiano, lo cual resulta absurdo. Esto resulta especialmente paradójico si se tiene en cuenta que la universidad se enorgullece de ser una Institución al Servicio de los Hispanos (HSI, por sus siglas en inglés)».
Por lo menos a mí no me gustaría escuchar eso si fuera un administrador.
Tampoco me gustaría escuchar a estudiantes como Leticia Gaspar, de último año en la carrera de español, o a Emma Torres, de primer año de periodismo quejándose de cosas como la falta de visibilidad o de la destrucción de la identidad de Montclair State University como una institución al servicio de la comunidad hispana. Era previsible tal reacción en una comunidad que se había acostumbrado a confiar en una universidad alineada con las expectativas que históricamente había proyectado y que ahora se comienza a desengañar al ver que tal parece que a la universidad no le interesa operar bajo esas líneas.
¿Y cómo está operando la universidad?
Como una institución que pretende, bajo la excusa de la modernización y la interdisciplinariedad, llevar a cabo medidas que afectan sin necesidad al campo que mantiene a la enseñanza superior más cerca de sus raíces.
Las medidas propuestas por la administración universitaria, casualmente, llevarían, a corto o largo plazo, al aumento y concentración de las responsabilidades de los profesores que, como indica el Doctor Raúl Galoppe, en un artículo titulado «La maniobra no tan inteligente de reestructurar las humanidades» publicado en Substack el pasado dos de abril: «A menudo coincide con un menor número de plazas permanentes, una mayor dependencia del profesorado eventual y un cambio general hacia la flexibilidad —no solo en los planes de estudio, sino también en el ámbito laboral—». Dicho de otra manera, los profesores acabarían haciendo más cosas con los mismos recursos, cosa que bajaría la calidad de la enseñanza.
¿Será que hemos pasado de tener universidades que eran estandartes del saber a tener universidades que aspiran a vendernos títulos devaluados que nos obliguen a volver a estudiar y volver a endeudarnos para poder tener una salida laboral decente, una universidad que se parece mucho a una fábrica de teléfonos móviles?
Nos están vendiendo bajo fórmulas modernistas y abiertas a interpretación, como si fuera la cura para todos los males que afectan nuestro aprendizaje, una reforma que amenaza la calidad de un sector importantísimo de la universidad en tiempos en que la educación superior no es garantía de un buen futuro laboral. La reestructuración propuesta no es un simple ajuste administrativo, sino un síntoma de la mercantilización progresiva de la universidad y del debilitamiento deliberado de las humanidades.
No pienso que mis palabras cambiarán nada. No obstante, no quiero que nadie se quede sin la impresión de que lo que estamos viendo es la desaparición —en el caso del Departamento de Español y Estudios Latinos— de un departamento que, en los tiempos que corren, en que el español es la segunda lengua más hablada en los Estados Unidos y en que el español en este país está adquiriendo características que lo distinguen de todos los tipos de español que ya se conocen, ha hecho una labor monumental para asegurar su visibilidad y que la universidad pueda cumplir con su imagen de servidora de la comunidad hispana.
Si hay un departamento que ha evolucionado con el paso del tiempo, realizando cambios curriculares u ofreciendo alternativas para los estudiantes de otras carreras para no quedarse atrás en los tiempos que corren, ese es el Departamento de Español y Estudios Latinos.
Tras de sí, la desaparición de este Departamento deja una nebulosa de incógnitas que nos llevan a pensar lo peor de la administración de esta universidad. Pero también nos debería hacer pensar en qué ha pasado con el estudiantado universitario.
El mismo grupo demográfico que ponía en pánico a los gobiernos de Lyndon Johnson y Richard Nixon cuando se hablaba de la guerra en Vietnam no es capaz de organizarse para evitar que el dinero invertido en nuestras matrículas se devalúe. Nos hemos sentado a ver cómo desaparecen los departamentos con una tranquilidad que da miedo, convirtiéndonos en cómplices de esta tragedia.
Si la universidad no está priorizando nuestra educación ni nosotros tampoco, ¿cabe preguntarnos si con nuestra educación pudo más el interés que el amor que se le tenía?
